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01.ago 2010
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Nuevos en el mundo

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alicia_catalaLa opinión de Alícia Català

No sé cómo lo hago, pero últimamente a mi alrededor todo son nacimientos o mamás a punto de dar a luz, algunas claramente histéricas por las incomodidades de los últimos días de embarazo. Hay un auténtico boom. Llevo dos semanas desfilando para conocer a los recién nacidos de amigas, compañeras, cuñadas… la única que me falta aún, es mi hermana.

Es tanta la revolución de hormonas que siento en el aire, que me está empezando entrar la paranoia. Hasta me duele la barriga y siento que se me contrae el abdomen. Pero estoy aprendiendo una barbaridad. No tenía ni idea, por ejemplo, de que a las embarazadas les ponían correas. Sí, sí. Correas. Que sabía que lo del parto era horrible, pero tanto como para atar a una mamá… “Que no, burra” quiso explicarme alguien “eso es para medir la barriga y saber si estás a punto para dar a luz”. Ah, ya decía yo.

Luego existe el síndrome de preparación del nido, según el cual las embarazadas que notan cercano el parto, se vuelven medio locas limpiando el horno, los cristales, e incluso empapelando todas las paredes o cambiando la pintura en el último minuto. Como si el recién nacido fuera a salir del vientre materno con un algodón, como el mayordomo de la tele de hace años. Ante semejante comportamiento lo más natural es que los señores papás se pongan un poco nerviosos, y no entiendan nada de nada de lo que está sucediendo en sus casas-nido. Pero bueno, de manera habitual los señores, papás o no, no entienden a las señoras, mamás o no, así que ellas no notarán ninguna diferencia al respecto.

Hay parejas que ya han visitado el hospital, maletita en mano, una decena de veces. Son grandes amigos del personal de urgencias y de los recepcionistas, de tanto coincidir con ellos. Hay otras que, en lugar de maletita, se llevan un armario para el recién nacido, como si éste fuera a protagonizar un pase de modelos.

Al final dan a luz, para gran alivio de todos, y empiezan los suspiros, las visitas, los mimos y las carantoñas. Todo el mundo da besos, enhorabuenas, flores y bombones…  y en realidad la reciente mamá sólo desea, por favor, que le traigan un bocata de sobrasada, que después de nueve meses sin catar ese manjar, sería capaz de comerse el cerdo entero y crudo.

Después de meses de observación atenta y meticulosa de las embarazadas de mi alrededor he aprendido varias cosas importantes que me servirán en breve gracias a mi hermanita Gloria, a punto de cumplir con sus nueve meses de 'cocción': todos los bebés son monísimos; todos los bebés se parecen a las familias de las mamás y a las de los papás por igual (este punto es muy importante para evitar fricciones innecesarias); las mamás están preciosas después de los partos (ni más gorditas, ni más hinchadas, ni con aspecto de cansadas, de verdad, hacer una observación al respecto puede ser contraproducente), y por último, bocadillo de sobrasada o de chorizo, para calmar el síndrome de abstinencia.

Por cierto, tener un gesto con los papás, en plan palmadita en la espalda, también puede ser positivo. Los pobres pueden sentirse un poco excluidos con tanta hormona femenina alrededor, centrada en la mamá y en el recién nacido. Después de todo, algo han tenido que ver.

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